DE LA SOLEDAD TAMBIÉN SE APRENDE: LAS LECCIONES QUE QUEDAN CUANDO ESTAMOS SOLOS
Soledad… y vaya si se aprende.
De la soledad aprendí que los verdaderos amigos pueden contarse con los dedos de una sola mano. Son aquellos que siempre están, los que preguntan cómo estás, cómo te sentís y cómo la estás llevando.
También aprendí que muchas personas aparecen solamente cuando necesitan algo de nosotros. Y cuando somos nosotros quienes necesitamos una mano, parece que hay que frotar la lámpara para intentar que aparezcan.
Me di cuenta de que para algunos sos un genio mientras pueden sacar algún provecho de vos, pero cuando llega el momento de estar a tu lado, desaparecen.
De la soledad aprendí que los domingos pueden ser difíciles. Es cuando la nostalgia visita la casa y transforma un día aparentemente tranquilo en una jornada cargada de recuerdos. Mientras muchos comparten el domingo en familia, otros encuentran en el fútbol, una película o la televisión una excusa para hacer más llevadera la compañía de uno mismo.
Pero también descubrí que estar solo no significa que todo tenga que ser triste.
Aprendí que preparar el almuerzo o la cena no tiene por qué convertirse en un momento dramático por no tener alguien con quien compartirlo. Hay que salir a hacer las compras, elegir qué cocinar y descubrir esas pequeñas cosas de la vida cotidiana que antes pasaban desapercibidas.
Aprendí incluso que hay frutas y verduras que se venden por kilo y no por unidad, que para lavar la ropa además del jabón en polvo existe el suavizante y que la ropa negra conviene colgarla del revés.
La soledad también te hace prestar atención a otras cosas.
Hay canciones que parecen imposibles de escuchar sin regresar a un momento determinado de nuestra vida o recordar a alguien. Y entonces aparece esa lágrima que intentamos esconder, aunque nadie esté mirando.
Aprendés que existen letras que parecen haber sido escritas especialmente para vos. Y quizás por eso aquella frase que dice que “por las noches la soledad desespera” puede sentirse tan verdadera.
En la soledad también descubrí que no tiene nada de extraño hablar con una mascota. Y tampoco hablar a solas.
A veces necesitamos escucharnos. Pensar. Repasar nuestros errores, entender qué nos llevó hasta determinado lugar y decidir qué cosas queremos cambiar para no repetirlas en el futuro.
De la soledad aprendí que no está mal extrañar.
Que tampoco está mal sentirse triste.
Y que llorar, incluso en lo más profundo de nuestra intimidad, no nos hace débiles. Nos hace humanos.
Porque la soledad puede enseñarnos a distinguir quiénes realmente están, pero también puede ayudarnos a conocernos, a cuidarnos y a aprender a disfrutar de nuestra propia compañía.
Tal vez, en definitiva, de la soledad no se aprende solamente a estar solo. Se aprende a valorar mucho más a quienes realmente estuvieron cuando más los necesitábamos.
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